JULIO DEL 2025.
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Cura mis heridas, sana mi alma — Priv. {Flashback}

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Cura mis heridas, sana mi alma — Priv. {Flashback}

Mensaje por Balthazar A. Holdsworth el Lun Jun 20, 2016 11:16 pm


Principios de marzo.

Salió volando por los aires y sintió como sus huesos se resentían del golpe. Tardó varios segundos de levantarse del suelo, demasiados. Sintió como el dragón rugía y exhalaba fuego. Notó como el calor se extendía por su brazo izquierdo y el dolor se hizo más patente. Balthazar gritó. Sin embargo, sus compañeros consiguieron despistar a la criatura. Mientras uno lo distraía, otro se acercó a él y extinguió el fuego que se comía su piel. Balthazar se levantó y se dispusó a continuar, pero la pierna le falló y se vino abajo otra vez. Su compañero le advirtió. —No me voy, Arthur —gruñó. Pero sabía que su compañero tenía razón. Solo era una carga para ellos. Y el dragón parecía saberlo. El rubio fingió acceder a marcharse y vocifereó para el dragón antes de desaparecerse. Consiguiéndoles unos segundos a sus compañeros para atacar a la criatura por la espalda.

Pero Balthazar no se apareció en el Ministerio como había prometido. No podía dejar que lo sanarán allí. Y mucho menos que lo llevarán a San Mungo, que era lo que harían con mayor probabilidad. Sintió un latigazo en la pierna y se obligó a sí mismo a entrar en la mansión y buscar ayuda. —¡Georgine! El grito de Balthazar pareció resonar en la casa vacia. Oscura y apagada. Era tarde. El rubio no se había dado cuenta de que hacia un buen rato que tendría que haber vuelto a casa. Una pequeña luz se filtraba por uno de los pasillos y el joven Holdsworth se movió hacia aquella habitación. —¡Georgine! ¡Georgie, te necesito! Su melliza. Ella podía sacarle del apuro. Como siempre. Necesita a su hermana.

Georgie, por favor —pidió, pero su tono se vio cortado por otro latigazo de dolor. Abrió la puerta, preguntándose por qué su hermana tardaría tanto en salir en su auxilio y se quedó de piedra en el marco de la piedra. Con una pierna sangrante, un brazo quemado severamente y algún arañazo más, Balthazar todavía tenía fuerzas para apretar la mandíbula y fulminar con la mirada. —¿Qué estás haciendo aquí? Un gruñido casi siseado. La confusión invadió la mente del rubio.


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Re: Cura mis heridas, sana mi alma — Priv. {Flashback}

Mensaje por Jeannine F. Woodhouse el Lun Jun 20, 2016 11:29 pm

Elionna continuaba con su chachara sin que su hija le hiciera ni caso, su mente estaba a años luz de esa enorme habitación decorada al estilo antiguo inglés. Su madre, que por lo menos iría por el capítulo onceavo de su propio libro de cómo ser perfecta, encontrar y conservar un buen marido, pero Jen lo había escuchado tantas veces ya que era inútil que su mente se concentrara en las palabras que sus oídos escuchaban. No aprendería nada nuevo, al igual que tampoco la influiría en lo más mínimo. Además, la certeza de que hiciera lo que hiciese su madre jamás estaría satisfecha jugaba un papel de suma importancia. En la historia de su vida, Jen ya tenía asimilado que nunca sería la clase de hija por la que su madre habría matado. De vez en cuando asentía o decía algún monosílabo en las pausas que Elionna dejaba. Estaba realmente preocupada. Sus planes se habían torcido demasiado pronto. Esa noche, sería la primera vez que los dos prometidos estarían totalmente solos; ambas madres debían asistir a una de sus muchas fiestas de sociedad, siempre esperadas con ansias, pero que esa noche resultaba tediosa por la imposibilidad de anular su asistencia. Y precisamente esa noche en concreto era la que Elionna tenía menos de que preocuparse. Después de la última noche que pasó junto a Balthazar, Jen sentía una nueva conexión con él. Descubrió una parte de él de la que estaba segura que poca gente conocía, una que incluso el propio Balthazar temía mostrar. Su verdadero ser. Era inquietante, misterioso, y atraía a Jennine como un imán. Ansiaba desentrañar todos los secretos que escondía debajo de esa fachada de frialdad.

Nunca hubo un día en que estuviera mejor predispuesta a causar buena impresión que ese, desde el momento en que los prometieron. Se esmeró en su apariencia física e incluso, mientras se arreglaba, dejó que el nerviosismo se apoderara de sus emociones, como si volviera a ser una quinceañera que se preparaba para su primera cita. Se miró al espejo y sonrió a su reflejo, le gustaba lo que veía. Vestido recatado pero insinuante en diferentes tonos azules que resaltaban sus ojos, sus tacones favoritos y el pelo totalmente rizado cayendo libre por su espalda y hombros. La mirada casi aprobatoria de su madre — jamás había visto un gesto de total aprobación en las facciones de la señora Rickmann — la hizo asegurarse de que esa noche había subido un pal de peldaños en su escala de aprobación. Minutos después, ambas se desaparecían.

Una vez en la mansión Holdsworth, la dueña de la casa la hizo pasar al comedor donde esperaría a su prometido, el cual todavía no había regresado del trabajo. Las madres se fueron a su cita y un elfo doméstico le llevo una bebida y ofreció un par de libros para que amenizara la espera. Con un libro entre las manos, Jen perdía el sentido de la realidad, sumergiéndose entre las páginas como si fuera ella quien viviera las aventuras. Tiempo después, en el momento más interesante, unos gritos la obligaron a regresar a la realidad. Giró la cabeza en dirección al ruido, molesta, para encontrarse con una macabra escena que la horrorizo y sorprendió a partes iguales. Balthazar, el chico al que no podía recordar con otros adjetivos que no fueran elegante, correcto, pulcro o perfecto, estaba hecho un asco.

¡Por las barbas de Merlín! — Escaparon las palabras de sus labios antes de poder retenerlas. Recorrió su figura una y otra vez, esta vez ojo crítico y profesional, analizando mentalmente en milésimas de segundo todas las heridas que presentaba. No preguntó que paso — aunque la curiosidad que sentía era muy fuerte —, en ese momento su persona no era la de prometida que pretendía desentrañar los misterios de un desconocido, si no la de sanadora con ansias de salvar el mundo. Se levantó a trompicones y acudió a su encuentro. — ¿Puedes andar? Apóyate en mi. — Pese a que su voz era dulce, lo decía con firmeza, prometiendo que por mucho que protestara no pensaba aceptar un no por respuesta. — ¡Túmbate! — Ordenó al llegar al sofá. Llamó al elfo doméstico que apareció al cabo de unos segundos. — Trae agua, alcohol y un botiquín. Rápido, por favor.

Jeannine se arrodilló a los pies del sofá y volvió a mirar a Balthazar hasta que sus miradas se encontraron, sonrió con dulzura. — No se porque no has ido a San Mungo, deberías haberlo hecho. — Se mordió el labio inferior. — Pero no te preocupes, te vas a poner bien.  — Susurró con ternura a la vez que acarició su mejilla. — Voy a tener que quitarte la camiseta para examinarte mejor el brazo quemado. Y es muy posible que tengas algún hueso fracturado. En cuanto a esa pierna... Deberíamos ir a San Mungo. — En eso llegó el elfo con lo que ella había pedido. Lo agradeció mientras se levantaba y empezaba a examinar el botiquín para ver con que podía trabajar.


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Re: Cura mis heridas, sana mi alma — Priv. {Flashback}

Mensaje por Balthazar A. Holdsworth el Lun Jun 20, 2016 11:32 pm

Sus ojos volaron por la figura de la chica. Entonces, recordó que ella sí tenía una razón para estar allí. Se había olvidado por completo de la fiesta a la que asistía su madre y la señora Rickmann. Ni siquiera había hecho cuentas de que eso significaba que Georgine habría tratado de poner mucha tierra de por medio entre la mansión y su persona. La situación comenzó a encajar en la mente de Balthazar con velocidad. Como de costumbre, se había abstraído en su trabajo. Ni siquiera le importaba relamente poder haber acabado más chamuscado de lo que estaba o más herido. Le encantaban los dragones y eso era lo único que le importaba. Y, también por ello, había buscado a su melliza. Ella era la que siempre había estado allí cuando Balthazar había llegado magullado del trabajo o de atender al dragón que Georgine le había regalado. Su galés verde había crecido mucho desde que lo había tenido en brazos por primera vez. Ya no podía tenerlo en brazos, desde luego.

No es tan malo como parece —aseguró con la voz rota. Y, lo cierto, es que Balthazar había estado peor. En especial, cuando había empezado a salir a campo hacia unos años en el Ministerio. Pero que no fuera la peor situación de su vida, no implicaba que no fuera lo suficientemente mala. Cogió aire y lo soltó con cuidado, tratando de serenar su mente. Apartar el dolor que se extendía por su cuerpo de ella. Accedió a dejarse ayudar por ella. Principalmente, porque temía que volvieran a fallarle las piernas como en sus último momentos delante del dragón y se viniera abajo. Trató de no ser demasiada carga, pero el apoyo le vino de maravillas para conseguir llegar al sofá, dónde siguió las órdenes que Jeannine daba. Debería de haber pensando en ella. Balthazar alzó su vista para inspeccionar el rostro de su prometida. Ella podía ser su salvación para no tener que ir a San Mungo, si el asunto no era demasiado extremo.

No hizo caso del elfo doméstico que salió rápidamente en busca de lo que la señorita Rickmann le había pedido. No contestó. Él no daba explicaciones y mucho menos pensaba pisar San Mungo. Se limitó a tratar de facilitarle el trabajo a Jeannine. Esperaba que las heridas curarán así antes que si cualquier otro le hubiera tendido. No podía negar que era una ventaja tener una sanadora a mano. Se sorprendió de la caricia en la mejilla. Balthazar frunció el ceño antes de mirarla a los ojos. —No es la primera vez que un dragón me sacude una paliza. Ni será la última. Claro que me pondré bien —aseguró. No un sé que me curarás bien ni nada por el estilo. Pero Balthazar lo creía. Su cara se libró de cualquier gesto que hubiera hecho hasta el momento al saber lo que ella necesitaba para que le inspeccionará.

No podía quitarse la camiseta. La Marca Tenebrosa debía de estar a la luz. Balthazar no estaba seguro de que estuviera oculta en aquel momento. Aprovechó el momento que ella se levantó para inspeccionar el material que el elfo le había llevado. Cogió uno de los agujeros —de los tantos agujeros— que tenía la camiseta y tiró de él. La rajó por el hombro izquierdo hasta su cintura. De todas maneras, esa prenda ya no tenía salvación. Se movió con ayuda del brazo bueno, el derecho, el de la Marca, para quitar los restos de la tela y dejo caer su espalda —había incorporado el torso haciendo una abdominal para ayudarse— en el sofá de nuevo. De cintura para arriba, solo tenía cubierto el brazo no quemado por la tela algo raída y los jirones que colgaban o descansaban en esa parte del sofá. —¿Tratas tan bien a todos tus pacientes? —preguntó tratando de distraerla. Y, más bien, tratando de distraerse el mismo. Levantó la vista al techo y dejo que ella obrará su magia. Su torso quedó expuesto. Sonrió. Seguro que sus madres no podían haber imaginado una reunión tan íntima para aquella noche. O, posiblemente, les encanté.El cuerpo de Balthazar estaba moldeado después de años de tratar con criaturas mágicas. Por eso, solía ser una de las primeras opciones en el Departamento, estaba entrenado a consciencia. Ágil, veloz y fuerte era lo que necesitaban para una trifulca con seres mágicos. Y aquellos enfrentamientos habían dejado heridas en su cuerpo. Viejas cicatrices que recorrían su estómago y sus pectorales. Las heridas de batalla del brazo izquierdo abrían desaparecido por el fuego. Una exposición que poco correspondía con el perfecto y caballeroso Balthazar Holdsworth. Contaban una historia distinta a la que dejaba ver.

Y Jeannine —advirtió con tono duro, que no admitía lugar a réplica. —No pienso poner un pie en San Mungo. Haz lo mejor que sepas.


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Re: Cura mis heridas, sana mi alma — Priv. {Flashback}

Mensaje por Jeannine F. Woodhouse el Lun Jun 20, 2016 11:59 pm

Inspeccionó minuciosamente su material de trabajo, pese a que habían bastantes productos que podía utilizar, escaseaban, pero aún así podía trabajar. Hizo un par de mezclas, las más básicas que enseñaban en el primer año de formación. —Bebe agua.  — Ordenó, levantando la varita y acercándole una botella. Una vez las mezclas terminadas, se volvió hacia el alcohol, cogió un algodón y volvió al lado de Balthazar. — Por mucho que no sea la primera vez, no es bueno que esto continúe.  — Sonrió. — Las otras... veces, ¿te han curado bien?.  — Arrugó la frente preocupada y volvió a examinarle. No quería encontrarse con heridas mal curadas que pudieran suponer un problema en ese momento, y en el caso de haberlas, mucho mejor saberlo para obrar con cuidado.

En lugar de quitarse la camiseta como ella le había pedido, optó por rajarla, dejando su torno al descubierto. Jen no lo miró, no como probablemente cualquier otra mujer lo habría echo. Para ella, ahora mismo no era un hombre, era su paciente. No se deseaban a los pacientes. Volvió a arrodillarse junto a él y vertió el alcohol en el algodón. Intento tratar a todos mis pacientes bien. Cuando se encuentran conmigo por regla general es un momento delicado para ellos, ¿cómo no tratarlos bien e intentar que al menos olviden el dolor por unos momentos, o que sanen cuanto antes?. — Sonrió. — Te va a escocer. — Y empezó a limpiar las heridas de su brazo con lentitud. La sangre ya estaba reseca y salía con facilidad. Mucho mejor. En cierto momento, una de las heridas se abrió y tuvo que presionar el algodón contra la herida, justo cuando él volvió a hablar. No lo miró, solo apretó los labios con fuerza. — Se hacerlo perfectamente . — Respondió con voz fría. ¿Cómo se atrevía a dudar de ella?. ¡Era una profesional!. —Tranquilo que quedarás como nuevo.

Actoseguido se levantó y volvió a la mesa para coger la mezcla que había preparado minutos antes. Respiró hondo y volvió a su encuentro, empezando a aplicarla por las heridas del brazo y del abdomen. Alguna de las heridas eran más profundas que otras, tardarían más en cicatricar y era posible que quedara una cicatriz, pero en menos de una semana estaría completamente curado. — Así que un dragón... ¿Tú trabajo siempre es así, enfrentarte a criaturas tan peligrosas?. Que buen ojo han tenido nuestras madres, tú tendrás una enfermera en casa y yo practicaré gratis. Buen plan. — No intentó esconder la ironía en sus palabras, se sentía herida. Demasiado herida para lo poco que él había dicho. Respiró hondo y siguió bajando. — Veamos ahora la pierna. ¿Dónde te duele?. ¿Tienes herida o es por algún golpe?. — Lo miró durante medio segundo antes de desviar de nuevo la vista.


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Re: Cura mis heridas, sana mi alma — Priv. {Flashback}

Mensaje por Balthazar A. Holdsworth el Mar Jun 21, 2016 12:06 am

Agarró la botella de agua y bebió. Incluso, aquel simple gesto calmo un poco su dolor. El agua parecía contrarrestar, aunque fuera mentalmente, el fuego que había lanzado el dragón contra él. —Es mi trabajo. Continuará. En menor medida, eso sí —aseguró. Era verdad, ya no llegaba tan molido a casa como a sus diecinueve o veinte años. Y no pensaba frenar aquello. Porque frenarlo significaba dejar de tratar con las criaturas mágicas, limitarse al papeleo, y Balthazar no estaba tan dispuesto a dejar ir su pasión. Se negaba. —Sí. Todo está bien curado. Los medimagos y sanadores que nos atienden son buenos. Solo han quedado marcas de algunas heridas profundas o con veneno. Tengo un par de mordeduras de doxies por ahí —indicó con simpleza. A Balthazar le importaba muy poco que su cuerpo pareciera sacado de una guerra. No era tan exagerado como eso, pero dificilmente podría ejercer alguna vez como Eris de modelo. Además, tampoco pensaba ofrecerse para un puesto como ese.

Giró la cabeza y torció el cuello para ver como se colocaba cerca de él y empezaba a mover las manos para curarle. —Ya —comentó entendiendo su punto. Él estaba buscando una distracción para su dolor a una velocidad de vértigo. Apretó la mandíbula cuando empezó a notar el escocer y apretó el puño de la mano buena. Volvió a la carga. Volvió a buscar algo que le alejase del dolor. —Pero, ¿a todos les acaricias la mejilla tan dulcemente? ¿O debo tomármelo como algo personal? —preguntó volvió a apoyar la cabeza en el sofá y fijando su vista en el techo. Demasiado cómodo en su presencia. Se asustó. ¿Cuándo había empezado a ser así con ella? El dolor tiene que haber bajado todas mis barreras. O, quizá, sus padres por fín habían conseguido su propósito. Fuera lo que fuese, Balthazar, en realidad, no parecía estar muy molesto al respecto. Sin embargo, volvió a mirarla cuando su tono se volvió gélido. En sus primeros encuentros había tratado molestarla a propósito para rebelarse contra aquel compromiso de la manera más sútil y apenas lo había conseguido. ¿Ahora que dejaba de hacerlo lo había conseguido sin propónerselo? Mujeres.

Sintió las manos de ella volver a deslizarse por su torso desnudo curando y trabajando. —Me suelen enviar siempre con los dragones, pero a veces no es tan difícil. Ya le he cogido mucha práctica a los centauros y las veelas. Y la gente del agua puede ser un tanto gruñona y se ofende enseguida. Nunca me he enfrentado a un basilisco. Ese día sí sería bueno tenerte localizada —aseguró con tranquilidad. Con una naturalidad poco propia de él. Las criaturas mágicas le ponían de buen humor. Poco le importaba que una acabará de molerle a palos. La adrenalina todavía corría por sus venas. —No tengo la menor idea. Me falló y empezó a doler después de salir volando por los aires —confesó. Lo raro es que no se hubiera abierto la cabeza alguna vez. Volvió a mirar al techo. —Gracias, Jeannine. Ha sido una suerte que fueras tú quién estuviera aquí. Su tono de voz salió tranquilo. Auténtico. Y era la verdad. Decidió permanecer en silencio. No sabía que más decir. O prefería no hacerlo. Así era más sencillo. Pero el intentar borrar el dolor de su mente le imposibilitó guardar silencio mucho tiempo.  —¿Llevabas mucho tiempo esperando? Lamento la escena. No lo hacía.


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Re: Cura mis heridas, sana mi alma — Priv. {Flashback}

Mensaje por Jeannine F. Woodhouse el Mar Jun 21, 2016 12:15 am

Obviamente. Además que se nota que te gusta, no creo que hubieras durado tanto si lo odiaras. — Rió. — Solo ten cuidado y no te expongas si no es necesario. — Hablaba sin pensar. La posibilidad de que en una de esas peligrosas misiones acabara muerto la aterraba. Claramente por su madre, o eso quería pensar. Se sonrojó al reconocer interiormente que no era por su madre, ni siquiera pensó en ella al hablar. Se sonrojó e intentó arreglarlo. — No... no me gustaría pasarme el día teniendo que curarte. Me gusta mi trabajo, pero también las horas libres. — El no estar mirándole a los ojos ayudó mucho. —¿Por qué decidiste dedicarte a eso?. — Preguntó de pronto con curiosidad. De nuevo se daba cuenta lo poco que lo conocía. ¿No era una pregunta lógica que deberían haberse hecho mucho antes?. Una cosa sería que trabajara en las esferas más altas por convertirse en una gran personalidad del mundo mágico, pero, ¿controlando a las criaturas mágicas?. Era un dato realmente importante, podía significar que acababa de descubrir una de las pasiones de su prometido. Y quería más, mucho más.

Jen no pudo evitar buscar las marcas que tenía y pasar el dedo sobre ellas con delicadeza. No le quedaban del todo mal. Extrañamente, formaban parte de él o de la idea que quería tener de él, la del hombre que no siempre era frío y correcto. —¿Las tienes mucho tiempo?. — Jen continuaba con eficacia su tarea. Sin mirarle, sonrió. — A algunos, los que me caen bien. A los niños casi siempre, se tranquilizan antes. Te sorprenderías lo que una buena caricia, unas palabras amables o incluso una mísera sonrisa puede afectar a mis pacientes. Es lo que todo el mundo quiere cuando están enfermos: que los mimen, sentirse queridos, que alguien se preocupa por ellos. Y en tu caso... — Giró un poco la cabeza. — Si mi madre se enterara me mataría si no lo hiciera. — Lo dijo sería, aguantando unos segundos la risa antes de que escapara de sus labios. — No, es broma. Puede que tenga algo de personal. Tienes algo. Aun estoy descifrando el qué. Me das ternura. — Terminó de forma misteriosa, pues ni ella misma lo entendía. Verlo de esa forma la asustó mucho, pero también hizo que le imaginara saltando delante de un dragón para proteger a un niño con su propio cuerpo. Lo curioso es que estaba convencida de que lo haría, que podía convertirse en un héroe. Además, imaginaba que su familia, a excepción de su hermana, en lugar de mimarlo, le habrían reprendido por llegar con semejante aspecto una vez se dieran cuenta de que no iba a morir esa noche.

Cariño, si te enfrentaras a un basilisco no se si llegarías de una pieza. Lo miró seria. — Así que no lo hagas, porque puedo ser peor que un basilisco, no solo te convertiría en piedra si no que luego te rompería para que no pudieran hacer nada. ¿Capizzi?. — Y río. Tan pronto como se enfadó, se le fue el enfado. Jennine no era una criatura que se aferrara a cosas dañinas. Quería ser feliz, lo intentaba con todas sus fuerzas, y eso incluía reír y perdonar. — ¿También te gustaría yo como basilisco?. — Bromeó. — Hubo una vez, hace un par de años, cuando prácticamente dejé de estar en prácticas, que me tocó trabajar con un paciente desesperante. Era imposible curarle, no se estaba quieto, ni callaba. Día tras día, hasta que al final pudo conmigo y me puse en plan madre enfadada de te vas a quedar sin salir, y lo que es peor, sin postre. ¡Oye, obro milagros!. Paso de ser un león a un lindo gatito. ¡Incluso meses después cuando volvieron a ingresarlo pidió que fuera yo su sanadora!. La gente es incomprensible. Eres dulce y amable y ni caso, chillas un poquito y lo tienes comiendo de la palma de tu mano.

Asintió con la cabeza y empezó a examinarle la pierna. De vez en cuando echaba un vistazo al cataplasma que cubría el resto de sus heridas. — Creo que no tienes nada roto, aunque cojearás un par de días. Y, sobre todo, no vayas a ver dragones en una semana mínimo. Mejor la gente del agua. Aunque no te dejes engatusar por ninguna sirena. — Bromeó y le miró. Fue entonces cuando le agradeció el trabajo. Se puso nerviosa, los latidos de su corazón se aceleraron y notó como la sangre subía a sus mejillas. — No tienes porque darlas. Si... si alguna vez me necesitas, solo tienes que llamarme. No importa la hora. No se porque no quieres ir a San Mungo, pero dudo que este sea un caso aislado, así que ya sabes — Se encogió de hombros. — En verdad no tengo ni idea, tú elfo me ha dado un libro, pierdo la noción del tiempo con ellos. — Se levantó y cogió otra de las mezclas que había preparado. Volvió junto al sofá, esta vez se arrodillo cerca de su cara. — No te muevas. Pidió y empezó a limpiarle los cortes de la cara, afortunadamente no eran demasiados, la mayoría solo era suciedad. —  No has montado ninguna escena Balth. Ya se que la forma que tienen de criarnos es que debemos ser siempre perfectos. Pero ¿sabes qué?. Nos mienten. — Sonrió mirándole a los ojos. — Si se supone que vamos a casarnos te veré en situaciones mucho peores, y no se tú, pero yo no quiero que nuestra relación sea de indiferencia. Aunque no vaya a ser amor que podía soñar de niña,  tampoco quiero que seamos dos desconocidos que solo cumplen con su deber. ¿Me entiendes?. No tienes que disculparte porque te hayan herido cumpliendo con tu deber. — Hablaba mientras continuaba limpiandole la cara. — Ya está. Ahora estás mucho más guapo. — Bromeó. — ¿Quieres que te prepare algo para dormir y que te duela menos?.


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Re: Cura mis heridas, sana mi alma — Priv. {Flashback}

Mensaje por Balthazar A. Holdsworth el Mar Jun 21, 2016 12:21 am

Escuchó lo que ella decía sobre tener precaución. Balthazar la tenía. Siempre. Por mucho que pudiera desenvolverse mucho más relajadamente —y con mayor pasión— cuando a criaturas mágicas se refería, no dejaba de ser el hombre calculador y estratega que vertebraba cada fibra de su ser. El rubio nunca había sido una persona alocada y nunca lo sería. Hay radicaba su éxito en cualquier plano. Eso le gustaba pensar a él. Balthazar no era impulsivo. Estaba acostumbrado a pensarlo todo cuatro veces antes de actuar para dar con el movimiento perfecto. Porque él no erraba. Nunca. Y, por ello, había aprendido a dar esas cuatro reflexiones velozmente en su mente y actuar con rapidez y eficacia. — Tranquila. Esto no ocurre tan a menudo como podría parecer. No podría asistir a tantas fiestas de sociedad, si así fuera —dijo. ¿Bromeando? El primogénito de los Holdsworth fue consciente de que estaba tratando de calmar a Jeannine, le había salido solo. Pero aun así, y después de todo, no dejaba de extrañarle. El momento en el que había dejado de poner mil barreras para con ella lo desconocía. Balthazar también se dio cuenta de otra cosa aquella noche. Jeannine Rickmann había dejado de ser solo la mujer con la que debía de casarse. Había dejado de ser solo un deber pero no tenía ni idea del nivel que el querer habría alcanzado. El rubio prefería no saberlo y se aseguraba a sí mismo que tenía que ir con más cuidado a partir de ahora.

Carraspeó antes de responder a su pregunta. — Adoro las criaturas mágicas. Me fascinan —confesó. Aunque aquello no era ningún secreto. Cualquiera que prestará un poco de atención lo vería. Su tono cambiaba cuando se hablaba de temas relacionados con seres mágicos, todos los libros de su habitación tenían animales mágicos en sus páginas y tenía un puñetero dragón de mascota, al que le profesaba tanto amor como a un hijo. — De niño quería ser dragonolista. Pero cuando crecí me di cuenta de que esa profesión no era tan... buena como trabajar en el Ministerio. El departamento estaba más que claro. Pronunció casi con dolor la palabra buena. Para él ser dragonolista era mucho mejor que cualquier otra casa. Pero para sus padres no. Y los señores Holdsworth habían conseguido romper las ideas fantasiosas de sus hijos adolescentes evitando tener por vástagos a un dragonolista y a una jugadora de quidditch. Alzó un poco el cuello para mirar las heridas que Jeannine tocaba. — Las de doxies fueron las primeras heridas que me hice al salir en una misión en el Ministerio. Las otras han ido apareciendo después. Bueno, en Hogwarts me hice una con un escreguto de cola explosiva pero el profesor lo solucionó enseguida —informó volviendo a descansar la cabeza.

Balthazar dejo que una sonrisa se deslizará por su boca cuando ella confesó que había algo personal en todo aquello. Pero la sonrisa se borró todavía más rápido. Giró la cabeza y la miró con los ojos abiertos. — ¿Ternura? ¿Te inspiró ternura? —preguntó casi escupiéndolo. Y dos segundos después Balthazar comenzó a reir a carcajadas. Una lluvia cristalina y tintineante escapándose de su boca sin control. Divertido. Se llevó la mano buena a la cara para taparse los ojos—. Tantos años tratando parecer un noble aethonan, un flamente fénix o un orgulloso dragón y solo he conseguido ser un dulce puffskein. Deja que mi hombría se recupere, por favor —dijo antes de volver a emitir pequeñas risas ahogadas desde el fondo de su garganta. Luego, la escuchó y asintió. A veces ponerse serio daba mucha más autoridad. — Prefiero que no seas un basilisco. Ya eres tan hermosa como una veela, ¿porque no una ninfa? Pueden ser tan bonitas como las veelas y son mucho más amigables. No te sientes fascinado por ellas porque te hechicen, si no porque es real. No estoy seguro de si me gustaría verte hecha un basilisco —apuntó mirándola y dejando que una sonrisa relajada permaneciera en su boca.

Aseguró que haría caso de lo que una profesional decía y se movió ligeramente para notar como sus heridas, aunque doloridas, no parecían a punto de partirlo por la mitad del dolor. Asintió agradecido ante el ofrecimiento de ella. No podía pisar San Mungo sin estar seguro de que la Marca Tenebrosa no estaba oculta o de que alguien podría sacarla a la luz. Eso sería un billete a Azkaban rápido y sin viaje de vuelta. Y no tenía tantas ganas de hacerle compañía a su abuelo. Miro unos segundos, mientras ella pronunciaba aquellas palabras, a su único brazo tapado. Luego, volvió a prestar atención a su prometida. — ¿Ah, sí? ¿Y cómo crees que nos mienten? —preguntó aunque ella ya estaba dando la respuesta por sí sola. Escuchó. Tocó uno de los temas delicados. Pero a Balthazar no le importó. Había dejado de importarle hacia tiempo. — Siempre cumplo con mi deber, pero es mejor si no se trata solo de eso. Te aprecio, Jeannine, y dudo mucho que actualmente lo nuestro sea solo indiferencia —confesó Balthazar—. No sé exactamente que era lo que soñabas de niña, pero si puedo hacerlo algo o darte algo de eso, cuenta conmigo. Quiero que seas de verdad mi compañera. —aseguró mientras la cogía por el mentón y dejaba que uno de sus dedos la acariciasen. Nunca había creido que necesitase algo más que Georgine y, por ello, nunca había soñado con un futuro. Georgine siempre estaría a su lado, no quería más. Pero tenía que saber que las cosas con Jeannine no iban a ser meramente negocios porque si no, no merecería la pena todo aquello, no merecería la pena la situación que entre él y su hermana estaba pasando y porque no le molestaba la idea. Tantos esfuerzos —aunque meros intentos por deber a su familia al principio— debían de servir de algo. — ¿No hay algo solo para el dolor? No puedo permitirme estar en la cama mucho. Tengo que hacer el informe para el Ministerio esta noche o mañana temprano —comentó medio incorporándose. — Y no me apetece dormir. Me parece que tenemos varios cosas de las que hablar —terminó antes de aproximar sus labios a los de ella. Un pequeño beso. Se retiró enseguida, pero creía que el tema que había abierto ella debía de hablarse.


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Re: Cura mis heridas, sana mi alma — Priv. {Flashback}

Mensaje por Jeannine F. Woodhouse el Mar Jun 21, 2016 12:30 am

Jeannine levantó los ojos sorprendida. ¿Estaba bromeando con ella?. ¡Era un hecho histórico!. Una sonrisilla indiscreta se apoderó de sus labios, segura de que las ideas que poco a poco se formaba de Balthazar iban bien encaminadas. Y le encantaba, aunque no pudiera determinar cuanto. O tal vez no quisiera. —Tranquilo, si casualmente te ocurren cuando la señora Ridensky invita a las dos familias a tomar el té, cuando en realidad es una excusa para intentar que sus hijos y nietos se coloquen bien en el Ministerio... — Lo miró, sonriendo con picardia. — No me negaré a hacer horas extra de enfermera. Es más, creo que en un par de días mamá me comentó que nos había invitado, es demasiado poco tiempo para que estés recuperado y precisamente el día justo para hacerte una revisión. — Odiaba a la señora Ridensky. Una mujer mayor, de unos sesenta y cinco años, cuya misión en la vida era ver en casados y colocados a todos sus vástagos. Antiguamente, su apellido tenía peso en el mundo mágico, ¿ahora?, cayó en desgracia por ciertos rumores (jamás demostrados, pero de conocimiento popular) sobre prácticas oscuras, animales y mutaciones. Cierto que fueron cuando dicha señora aún ni hubiera pisado Hogwarts, pero ya se sabía que cuando se tacha a una familia, limpiar su buen nombre era una tarea casi imposible. Desde que Jeaninne era pequeña, Ridensky acariciaba la ambición de verla casada con uno de sus hijos (los cuales, dicho sea de paso, le sacaban más de quince años) y cuando vio sus esperanzas frustradas, se dedicó a agasajar a su madre (la cual estaba encantada de recibir tantas atenciones, la hacía sentirse importante). Jen tenía la sospecha de que con los Holdsworth hizo lo mismo, solo cambiando una hija por la otra. — Definitivamente odio tomar el te con esa mujer. — Acompañó al comentario con una risa despreocupada.

Adorar a las criaturas mágicas, como Balthazar hacía, rebelaba que realmente su carácter era muy diferente al que la mayoría quería. No podías ser mala persona si te desvivías por criaturas indefensas. Ni un cobarde si te ponías delante de un dragón para evitar que matara a alguien, o, más allá, que acabaran matándolo a él por ser demasiado peligroso. — ¿Desde siempre?. — Preguntó milésimas de segundo antes de que él continuara hablando. Se sentó en el suelo, cruzó las piernas y escuchó fascinada otra pequeña parte de su alma. La tocó muy hondo. Cerró los ojos y lo imaginó de niño, una imagen absurda que no cuadraba en absoluto con el hombre que creía conocer, pero que le resultaba tierna y adorable. Un niño pequeño rubio, de unos cinco años, soltando la mano de su madre y corriendo ignorando sus gritos para ver una exhibición de dragones. Soñado con algún día ser su cuidador, de surcar los cielos a sus lomos, de ser libre. Pero luego todas sus esperanzas truncadas cuando la madre llegara a su altura y lo arrastrara lejos de las míticas criaturas, comprendiendo que por mucho que le fascinaran jamás podría cumplir ese sueño. Le dolió. Pero lo afrontó y enterró sus esperanzas en una mazmorra. Le picaron los ojos, estuvo segura (y agradecida de mantenerlos cerrados) de que alguna lágrima indiscreta pugnaba por escapar.  — Hazlo ahora.— Abrió los ojos de golpe y lo miró. — Prácticamente eres el cabeza de familia. Te has ganado el respeto de la gente que te conoce, saben que lo vales, y tienes los medios necesarios para conseguirlo. ¿Por qué no hacerlo ahora? ¿Cumplir tu sueño de niño?. Has sido un buen hijo por anteponer sus deseos a los tuyos, ¿no es hora de que ahora vivas por ti?. — Se mordió el labio inferior y durante unos instantes estuvo reacia a confesar lo que pasaba por su mente, sin embargo acabó armándose de valor, aunque sin demostrarlo en la voz, que salió entrecortada y nerviosa. — Y... y aunque no signifique demasiado... yo te apoyaría. Y Georgine también, estoy segura.

Continuó un rato más pasando el dedo por las cicatrices. Su dedo quedó paralizado ante el brusco giró de su tono de voz, sorprendida. ¿Había ido demasiado lejos?. Le horrorizó esa posibilidad. ¿Qué pensaría su madre? ¿Y él?. Su respiración se aceleró, al igual que los latidos de su corazón. ¡Debería mantener la boca cerrada! Era una decepción para sus padres, no era la hija correcta. ¿Por qué narices no podía seguir las simples directrices de su madre? ¿Boca callada, sonrisas, caídas de pestañas y frases sencillas y complacientes?. Ser la buena señorita que debía ser. Fácil, nunca fue esa persona. Y entonces se echó a reír, contagiada por su risa. Hasta el momento jamás lo vio tan relajado. Y las dudas se le fueron, podía llegar a ser feliz con él, aunque nunca se convirtiera en amor, al menos tenían complicidad. — Para. Dijo como pudo entre risas, llevando las manos al estómago que empezaba a dolerle. — ¡Vas a hacerte daño!. — Reprendió como buena profesional pese a que quisiera seguir oyéndolas. — No, no, lo siento, te has topado con alguien capaz de ver tu verdadera naturaleza. — Bromeó. ¿Hermosa, la había llamado hermosa?. Enrojeció con violencia y apartó la vista. Ella no era hermosa. No era un esperpento, pero mamá siempre dejó claro cual era el ideal de belleza femenina y aunque algunos de sus rasgos coincidían, la gran mayoría no, y su personalidad tan rebelde lo entorpecía aún más. — Pu...pues ya sabes. No me pro...voques. — Mustió azorada. — Tampoco soy una ninfa. Son dulces y menudas, etéreas, llevan flores en el pelo, ¡viven en árboles!. — Entrecerró los ojos con una sonrisa de incredulidad. — Y no son reales. Son cuentos, ¿o alguna vez has visto alguna?. ¿Existen?. — Le brillaron los ojos ante la posibilidad. Uno de los secretos de Jeaninne era lo mucho que le fascinaban las historias sobre la mitología antigua, incluso la muggle, de ahí el secreto, sus padres habrían cortado de raíz sus investigaciones de siquiera haberlo sospechado.

Durante un par de minutos el silencio se adueñó de la estancia. Jen reflexionaba las palabras de él, no quería contestarlas a la ligera. Al responder, no le miró directamente. Cerro los ojos dejándose llevar por su caricia. — No es algo que puedas darme, va más allá. Es algo que debe sentirse, y todo el mundo sabe que a los sentimientos no se les puede forzar. Me basta con lo que has dicho. Gracias. — En las últimas palabras sí lo miró, sonriendo de verdad, agradecida de que él propusiera cumplir su sueño de la niñez. — Sí, pero no es tan efectivo. Hagamos un trato, te doy ahora un pequeña dosis para el dolor y tú me dictas lo que quieres que aparezca en el informe, luego te tomas la otra poción. Necesitas descansar.

Le sorprendió el beso, demasiado. Solo se habían besado en otra ocasión, y aunque fue agradable, era más por deber. Esto era diferente. En cuanto sus labios entraron en contacto, por inercia cerro los ojos. Fue apenas un roce, el suficiente para despertar algo en su pecho. — Si... — Susurró, todavía demasiado sorprendida para pensar con coherencia.


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Re: Cura mis heridas, sana mi alma — Priv. {Flashback}

Mensaje por Balthazar A. Holdsworth el Mar Jun 21, 2016 12:35 am

Sonrió divertido al ver que Jeannine aceptaba de tan buen grado sus heridas para escaquearse de las obligaciones que ambos tenían con los amigos de sus padres. Y le gustó aquello. Le gustó que ambos ideasen por fin algo, aunque fueran tan infantil y deshonroso como aquello. Balthazar aceptaría la rebeldía de Jeannine —esa de la que su madre de vez en cuando se quejaba entre susurros—, si salía de aquella manera. Además, le gustó que fijasen una fecha por sí mismos y ser útil para la sanadora. Y no pudo evitar abrir los ojos como si fuera a reprenderla por decir que no soportaba a la mujer. Sus palabras llevaban otro camino. —Guardaré tu secreto —aseguró. Los Ridensky tampoco eran de sus favoritos.

Pese a que Balthazar se perdió en sus recuerdos sobre las criaturas mágicas y ponía toda la atención en sus palabras, cuando volvió un poco a la realidad y comprendió lo que estaba confesando, no pudo evitar sentir un ligero temor por la manera en la que Jeannine le observaba. Y su miedo fue mayor cuando ella le sugirió que lo hiciese en aquel momento. No podía ser. No ignoró la emoción en los ojos de su prometida pero no hizo nada por eliminar las lágrimas. Aquellas lágrimas no tenían por qué ser destruidas. Sin embargo, mantuvo la compostura y negó con la cabeza. Dejo escapar unos golpes de risa ahogados en su garganta. —No puedo hacerlo. La obra no ha terminado. No es cómo si pudiera decir hasta aquí, me he cansado y cambiar. Hago lo que se esperaba de mí y me gusta hacerlo. Pero no es algo que pueda cambiar. Tomé una decisión y cumplo —afirmó. Su mente —pese a sus deseos— no podía ver más allá. No soportaba creer. Se había estancado y construido alrededor de una verdad y no sabía romperla. Aun así, no pudo evitar inclinarse y acariciar el rostro de ella ante su confesión. —No lo dudo. Singifica mucho para mí —aseguró en un tono que distaba de ser su sonido neutral—. Gracias —dijo. Aquella palabra no solía salir de sus labios.

El que ella rompiera a reír junto a él consiguió aguantar su risa cantarina un rato más. Incluso, cuando le dolía como ella le aseguraba. No importaba. Balthazar estaba acostumbrado al dolor y a los riesgos. Fue perdiendo la risa pero una sonrisa feliz se le quedó en los labios. Estaba cansado y estaba tranquilo. Se sentía bien pese a todo el dolor que su cuerpo había —y estaba— experimentado. Enarcó una ceja. —¿Y qué naturaleza es esa? Aparte de lo de tierno —pidió intentando mantener un tono con burla. Sin embargo, su corazón se encogía al pensar que podía haber creído ver ella. Balthazar no se dejaba adivinar por los demás. Solo Georgine. Solo su hermana lo había podido ver con la claridad de un cristal y del aire que se interpone. Pero su hermana ahora estaba distante y Balthazar sabía que tenía parte de culpa. Y aquello, quizá, hacia que buscase aún más a Jeannine, un apoyo que parecía más cercano de lo que había pensado.

Sus ojos la miraron con mayor ahínco cuando ella se sonrojo. ¿Por qué se azoraba? A Balthazar se le antojo que aquella chica que se hacía ver tan valiente y rebelde era mucho más. Siempre había más. El rubio se sorprendió al comprender que no le importaría sacar más aquel sonrojo leve. Y, lo mejor, es que no había tenido que mentir. Encantado con que ella preguntará y se interesará por las criaturas mágicas no tardó en responder. —Puede ser. Tengo que llevarte a un monte en el sur del país —susurró y prometió. No rebeló más pero todo estaba dicho. ¿Por qué no acercarse a ella a través de una aficción común? Su madre se lo había dicho muchas veces.

Escuchó las palabras de Jeannine y asintió, como si lo comprendiera. Balthazar nunca había anhelado un futuro porque ya lo tenía claro. No había querido a nadie más que a Georgine a su lado y tenía un par de ideas más claras. Su futuro era bastante sencillo y muy verosimil. ¿para qué imaginar? ¿Por qué esperar más? Sin embargo, entendía que los sentimientos no podía forzarse. Y estaba dispuesto a concederle lo que estuviera en su mano. Se lo debía. Y más si quería una compañera y cómplice, el rubio no había esperado un florero que tener en casa como esposa. Aquello no era su ideal de un buen futuro. Él necesitaba complicidad y, quizá, sus padres no habían errado tanto el tiro.

A Balthazar no le importaba admitirlo por una vez. Jeannine no era algo tan malo como había imaginado. Y, con su mundo ya ardiendo y revolviéndose, ella se había rebelado como lo más seguro. Un camino que todavía podía controlar o, más bien, moldear. Todavía podía hacerlo suyo. Y el rubio sabía cuando podía arriesgar un poco más. Quería conseguir más. Quería atrapar a la chica. Sus padres se sentirían orgullosos. Su situación actual con Georgine podía ser consolada ligeramente con aquello. Y, en el fondo, podía no saber si quería o no a su prometida, pero en aquel instante la deseaba. Por ello, no respondió a lo de la poción y cuando ella asintió a tener cosas por las que hablar, Balthazar lo tiró por tierra. Quizá, quería hacer a Jeannine más vulnerable a él. Volvió a atrapar los labios de la chica estaba vez con mayor insistencia. Movió sus manos para conseguir que la chica se moviera y se sentará en su regazo. No le importó el dolor de su cuerpo. Apenas era nada en comparación de la sensación que traían sus sentidos al seguir devorando los labios de ella y deslizar su mano.

Quizá por eso, no fue consciente de que el girón que cubría el brazo que no se había quemado se deslizaba abajo. Quizá por eso, no recordó que el hechizo de camuflaje había perdido su fuerza para conservarle durante la curación. Quizá por eso, no se dio cuenta que mientras su pasión se volcaba en los labios de su prometida, su otra pasión oscura se mostraba en la forma oscura y tatuada en su antebrazo.


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Re: Cura mis heridas, sana mi alma — Priv. {Flashback}

Mensaje por Jeannine F. Woodhouse el Mar Jun 21, 2016 12:11 pm

A eso se le llama cobardía. — Se le escapó — o quiso que se le escapara — antes de darse cuenta de a quien se dirigía. Aún así, ¿no iban a casarse?. En el futuro no podría aguantarse las cosas que tuviera que decir por mucho que no gustaran a su oyente. — Has elegido el camino fácil. Tienes contactos, era fácil que entraras en el Ministerio y que fueras subiendo puestos hasta convertirte en un hombre muy influyente en Inglaterra. Haces lo que se espera de ti. ¿Pero renuncias a todo lo demás?. Cuidas a tu familia, vas a casarte con alguien a quien no quieres solo porque tu apellido y tu sangre se conserven puros, tienes que aguantar a gente que, en otras circunstancias, jamás hablarías con ellos, ¿y también tienes que renunciar al único sueño que has tenido de niño?. — Negó con la cabeza. — No tienes porque hacerlo solo, si quisieras, podrías mantener tu trabajo en el Ministerio y además ser dragonolista, ¡o abrir tu propia reserva de dragones!. ¡Aquí, en Inglaterra!. — Seguía insistiendo. El porque de querer que Balthazar cumpliera sus sueños tenía dos razones. Por un lado, su parte altruista aparecía, pero por el otro lado, quería ver si él sería capaz de rebelarse aunque fuera un poco ante lo que ella consideraba injusto. Si era capaz de cambiar, si tenían esa parte en común; aquella que creyó ver escondida el día que le tocó una pieza musical al piano. Esa pieza abrió la veda; la convenció de que Balthazar escondía demasiadas cosas tras una barrera que había creado a lo largo de los años y en la que solo podía acceder Georgine. — Mis padres tampoco querían que estudiara para ser sanadora. Servir a los demás, dijeron. ¿Alguna vez alcanzarás el poder mezclando hiervas curativas?. — Rió con desgana al recordar la conversación de años atrás. Menos mal que jugó con una baza a su favor. Siempre era mejor tener una hija sanadora con muchos años por delante para hacerla cambiar de parecer, a que tu hija se casara con un sangre sucia que enturbiara tu apellido. El amor por un empleo, bonito, ¿eh?. — Y sin embargo aquí estoy, a punto de convertirme en ello. Pero nunca te atreverás, ¿no?. — No se lo decía a modo de reproche, era un hecho. Balthazar Holdsworth jamás haría nada que disgustara a su familia. Se acercó más a él. — No te preocupes. Cuando nos casemos, te haré ver que la vida no es tan complicada como la pintan. — Acercó sus labios a la mejilla del rubio y deposito un beso suave, tierno.

Jeaninne siguió riendo unos segundos para después mirarlo con una sonrisa pícara y morderse el labio inferior. — Eres más bueno de lo que piensas. No eres tan frío como te muestras. Ansías vivir libre, recorrer el mundo y que no te pongan todo el peso de él sobre la espalda. Quieres que te acepten por como eres, no por quien creen que eres. Y quien sabe, quizá si te mostraras le gustarías más a los demás. A mi por ejemplo, me gusta más cuando tienes las defensas bajadas. Eres más humano.

Tengo que llevarte a un monte en el sur del país ¿Eso significaba que la haría participe de otro de sus secretos?. Intentó esconder la emoción que la embargó, aunque sus ojos eran demasiado expresivos para no mostrarlo. Estaba emocionada, sentía que conectaban y le encantaba. Sintió la repentina necesidad de acurrucarse junto a él. Simplemente hablar, que le acariciara el pelo, quizá de nuevo la mejilla... estar con él, así de simple. Sin esperarlo, él la acercó para volver a besarla. Se le cortó la respiración y sintió un nudo en el estómago. Respondió poco a poco, con timidez. Le encantaba la sensación de sus labios en contacto con los de él. Eran cálidos, seguros y tiernos. Quería fundirse en ellos. Se olvidó de pensar, de sus heridas, solo existían sus labios. Paso las manos por su pecho acariciándolo. Fue subiéndolos hasta su nuca y agarró con fuerza su pelo mientras aumentaba la intensidad del beso. Esa noche no existía el compromiso, ni sus apellidos ni nada, solo ellos dos. Fue bajando las manos por su brazo y de pronto...

¡Ay! — Se quejó. Algo le había hecho reacción en el dedo. Le ardía. Se apartó un poco y dirigió la vista hacia su dedo, todavía encima del brazo de él. Lo que vio la dejó helada. Tenía un tatuaje, pero no uno cualquiera, podría haber reconocido esa marca en cualquier momento y lugar. Era el símbolo que poblaba sus pesadillas de niña, donde el mundo mágico entraba de nuevo en guerra y morían miles de personas. La Marca Tenebrosa. El símbolo de los Mortifagos. Pero eso significaba... Se levantó como un cervatillo asustado y lo miró a los ojos buscando una explicación, un gesto que indicara que era un error, que era un simple tatuaje que le hicieron de niño, aunque en el fondo, sabía que era imposible. La marca era real, y en los ataques misteriosos de esos meses iba escondida aquella marca. — E... eres u...un Mortifago. N.... no es posible. Tú no. Dime que no es cierto. — Susurró con una súplica en sus ojos. Por Merlín, que no sea cierto. Ella le... quería. No podía querer a un mortifago.


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